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Cómo Machado podría encaminar a Venezuela hacia la democracia

Que la captura de Nicolás Maduro conduzca a la democracia depende de Donald Trump — y de la capacidad de María Corina Machado para hacer que un futuro democrático sea su única opción atractiva.

Por José Ramón Morales-Arilla

enero de 2026

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El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales de EE. UU. capturaron a Nicolás Maduro en un dramático asalto nocturno a su complejo en Caracas. En cuestión de horas, el dictador venezolano que había presidido el colapso económico de su país y el éxodo de casi ocho millones de ciudadanos iba a bordo del USS Iwo Jima, de camino a enfrentar cargos por narcoterrorismo en una corte federal de Manhattan. La operación, con el nombre en clave “Absolute Resolve,” logró sacar del poder a un líder que no había podido ser desalojado a través de elecciones, sanciones, presión diplomática y condena internacional.

Sin embargo, lo que siguió a la captura de Maduro ha desconcertado las expectativas. En lugar de impulsar al presidente democráticamente electo Edmundo González — quien ganó las elecciones de julio de 2024 por un margen aplastante de más de dos a uno — la administración Trump permitió que Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y su ejecutora de larga data, asumiera el control como presidenta encargada. María Corina Machado, líder opositora y laureada con el Nobel de la Paz 2025 que había galvanizado el movimiento democrático, fue apartada de manera notoria. Machado ya viajó a la Casa Blanca para conversaciones de alto nivel con el hombre que tiene en sus manos el futuro de su país.

¿Abrirán los dramáticos hechos del 3 de enero un camino hacia la democracia, o solo reconfigurarán el orden autoritario de Venezuela? La intervención ha desatado un debate encendido sobre legalidad y legitimidad. Expertos en derecho internacional han condenado ampliamente la acción como una violación de la soberanía venezolana. Pero un memorando del Departamento de Justicia planteó un marco distinto, citando — entre varios argumentos legales que justificarían la operación — el respaldo de Machado a una acción militar contra la usurpación de Maduro. De hecho, el apoyo del presidente electo de Venezuela a la operación y los documentados crímenes de lesa humanidad de Maduro, a la luz de la doctrina de la Responsabilidad de Proteger de la ONU invitan a una evaluación más matizada de la legitimidad de la operación.

Los propios venezolanos se han pronunciado de forma contundente. Una encuesta de The Economist halló que la mayoría de los venezolanos dentro del país aprueba la operación, y que cerca de 80 por ciento cree que la situación política mejorará el próximo año. Una encuesta de Bloomberg encontró de manera similar un apoyo mayoritario a la intervención y al liderazgo de Machado. Desde la perspectiva de los venezolanos, la brecha entre la legitimidad de la intervención y las interpretaciones estrechas del derecho internacional que enfatizan la no intervención es enorme — ampliada aún más por el hecho de que el único freno a la brutalidad chavista es la amenaza creíble de una nueva acción militar. Este dilema está lejos de ser exclusivo de Venezuela, pues en días recientes han muerto miles de iraníes a manos del régimen autocrático del país.

Pero por legítima que haya sido la intervención desde la perspectiva de los venezolanos, fue el presidente Trump quien jaló el gatillo. Entender hacia dónde va la situación venezolana a partir de aquí exige responder dos preguntas: ¿qué motivó a Trump a actuar, y qué estrategias tiene Machado para encauzar esta situación volátil hacia la democracia?

¿Cuáles fueron los verdaderos motivos de Trump?

Las justificaciones públicas de la administración han enfatizado el cumplimiento de la ley: Maduro era un narcoterrorista acusado formalmente, con una recompensa de 50 millones de dólares, y las fuerzas de EE. UU. estaban ejecutando una orden de captura. Pero este encuadre legalista oculta más de lo que aclara. Es evidente que la administración Trump tenía objetivos estratégicos más allá de llevar a un solo narcotraficante ante la justicia. Vale la pena considerar tres posibilidades, y cada una tiene implicaciones muy distintas para las perspectivas democráticas de Venezuela.

La primera posibilidad es que al presidente Trump le importe la estabilidad regional y la influencia estadounidense. En esta lectura, la Venezuela de Chávez y Maduro se había convertido en una fuente de inestabilidad en todo el hemisferio occidental: un narcoestado con vínculos con Irán, Rusia y Cuba; el origen de la mayor crisis de refugiados de la región; una economía colapsada que amenaza con desestabilizar a sus vecinos. Una Venezuela democrática alineada con Estados Unidos sería un activo geopolítico de primer orden. Si esta es la motivación principal de Trump, deberíamos esperar una presión sostenida por una democratización real, ya que solo un gobierno legítimo puede brindar la estabilidad que sirve a los intereses estadounidenses de largo plazo.

La segunda posibilidad es que a Trump le importe, sobre todo, el petróleo. El presidente no ha hecho ningún secreto su deseo de que empresas estadounidenses desarrollen las vastas reservas petroleras de Venezuela. Si esta es la prioridad de Trump, su disposición a democratizar dependerá de si eso favorece o entorpece la extracción de crudo. Aquí el cálculo se complica. Evitar el desorden tras la salida de Maduro probablemente implicó colaborar con las estructuras de gobierno ya existentes. Sin embargo, una inversión significativa en la deteriorada infraestructura petrolera venezolana requerirá decenas de miles de millones de dólares y tomará décadas en rendir frutos. Las empresas no comprometerán esas sumas bajo un gobierno que pueda expropiarles los activos cuando la presión militar de EE. UU. disminuya. Necesitan garantías institucionales que solo un gobierno legítimo y estable puede ofrecer — lo cual implica democratización. Y mientras el chavismo expropió activos de petroleras a mediados de los 2000, el perfil de Machado la vuelve una defensora creíble de la inversión privada en el corto plazo. En este escenario, los intereses extractivos de Trump podrían alinearse de forma instrumental con la democratización venezolana.

La tercera posibilidad es que al presidente Trump le interese, por encima de todo, proyectar poder. En esta visión, el valor de la operación en Venezuela fue la operación en sí  — una demostración dramática del poderío militar estadounidense que estremeció al mundo y dejó claro que Trump actuará con decisión, sin importar las restricciones internas o externas. Si esta fuera su motivación principal, no habría un interés particular en lo que venga después, siempre que él mantenga el control y Venezuela no se desmorone en un conflicto. Desde esta perspectiva, la democratización podría serle contraproducente. Según se informa, Rodríguez prometió cumplir cualquier exigencia que le haga Trump — algo que requiere mantener control autoritario sobre el país.

Las cuatro palancas de Machado

Lo más probable es que la verdad sea una combinación de estos motivos, y que su peso relativo cambie según las circunstancias. María Corina Machado no puede saber con cuál versión de Trump está tratando. Su situación se parece a la del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky: gestionar una relación tensa con un aliado indispensable cuyas prioridades pueden — o no — alinearse con las aspiraciones de su país. Como Zelensky, Machado debe moverse entre el apaciguamiento y la firmeza, entre el agradecimiento y la exigencia. Su tarea es influir sobre Trump, cualquiera que sea su motivación, en dirección a la democracia — sin enemistarlo de manera irreversible.

Para lograrlo, Machado cuenta con cuatro palancas principales a su disposición:

Gestión directa de la relación con Trump. Esto exige un equilibrio delicado. Debe expresar gratitud por la acción que sacó a Maduro — y todo indica que su gratitud y la de la mayoría de los venezolanos es genuina — al tiempo que la comunicación directa le permite conocer los verdaderos intereses de Trump y subrayar cómo la democratización los sirve mejor. Su decisión de halagar al presidente al entregarle la medalla de su Premio Nobel de la Paz puede entenderse desde esta óptica. Con un canal de comunicación directo ya establecido, Machado puede argumentar que Rodríguez no puede cumplir sus compromisos. Los inversionistas desconfían de un régimen que históricamente ha expropiado activos y enfrenta una oposición persistente. Solo un gobierno legítimo, con amplio respaldo público, puede crear las condiciones para las inversiones masivas y de largo plazo que Trump parece desear.

Reafirmar y aglutinar apoyo para su mandato democrático. La elección presidencial de 2024 le dio a la oposición un mandato inequívoco, y ese mandato no ha desaparecido. Machado debe movilizar a la Unión Europea, a las democracias latinoamericanas y a voces bipartidistas en el Congreso de EE. UU. para mantener la presión por una transición democrática. Su reunión con un grupo bipartidista de senadores es un paso en la dirección correcta. En Washington existe un apetito genuinamente bipartidista por la democracia venezolana. Machado debe aprovechar ese apoyo para elevar el costo de acomodarse con Rodríguez — algo que ya influyó en Trump para no acomodarse con Maduro.

Socavar la estabilidad de la presidencia de facto de Rodríguez. Esta es la estrategia más arriesgada, porque exige movilizar a la sociedad civil venezolana en un momento en que el régimen conserva su aparato represivo — si bien algo debilitado. Pero también es, potencialmente, la más poderosa. Si los venezolanos salen a la calle para exigir la democracia por la que votaron, si muestran que un arreglo sin una ruta creíble hacia la transición democrática es insostenible, entonces cambia el cálculo de la administración Trump, quien necesita estabilidad para extraer petróleo y para presentar la extracción de Maduro como un éxito. Si Rodríguez no puede ofrecer esa estabilidad, la democratización se vuelve necesaria. La pregunta es si Machado regresará a Venezuela para encabezar una movilización de este tipo. Aunque ha dicho reiteradamente que piensa volver “tan pronto como sea posible”, los riesgos personales son evidentes. Sin embargo, su regreso le metería corroería el arreglo Trump–Rodríguez: Trump no puede seguir apoyando públicamente a Rodríguez si mete presa a Machado, pero Rodríguez no puede garantizar estabilidad si no lo hace.

Abordar objeciones de élites cuyo apoyo es necesario. Los comentarios despectivos de Trump sobre Machado — que ella carece de “apoyo o respeto” dentro de Venezuela — pueden reflejar apreciaciones reales de que el estamento militar, burocrático y económico del país la ve como una maximalista que perseguiría una justicia vengativa. En efecto, las declaraciones con las que justificó su decisión de trabajar con Rodríguez para evitar “otro Irak” subrayan la relevancia de estas preocupaciones. Una posible salida es que Machado proponga un marco creíble de justicia transicional. Como he argumentado en ensayos anteriores, ese marco debe ofrecer una amplia amnistía interna para la gran mayoría de los participantes del régimen que no incurrieron en crímenes de lesa humanidad y cuya cooperación es indispensable para cualquier nuevo gobierno. Anunciar un marco así — idealmente con el aval del Comité Nobel y de funcionarios del gobierno noruego que mediaron negociaciones previas con el chavismo y respaldaron el proceso de paz colombiano — alteraría de manera fundamental cómo las élites internas calculan sus perspectivas tras una transición democrática, y cómo Trump valora las acusaciones de maximalismo que se le hacen.

La necesidad urgente de un rumbo democrático

Semanas después de la captura de Maduro, la pregunta de fondo sobre la transición democrática sigue sin resolverse. The Economist encontró en su encuesta que dos tercios de los venezolanos quieren una nueva elección presidencial, y que 91 por ciento de quienes la exigen piden que ocurra dentro de un año — mucho antes de lo que la administración Trump ha indicado públicamente.

El peor desenlace posible sería una continuación del chavismo sin Maduro  —  un régimen autoritario que simplemente cambió de figura mientras preserva su control absoluto del poder. Este desenlace no solo es posible: su probabilidad crece a medida que el tiempo erosiona la credibilidad de las amenazas que hoy disciplinan el comportamiento del régimen. Machado entiende que Rodríguez solo está comprando tiempo, como lo hizo Maduro antes que ella. Por eso, el tiempo apremia: los llamados urgentes de Machado a concesiones inmediatas — la liberación de presos políticos, el retorno de exiliados, el desmantelamiento del aparato represivo del régimen — buscan que el proceso de transición tome una dirección irreversiblemente democrática antes de que se disipen la presión y la atención.

Alcanzar una transición genuina que conduzca a elecciones libres requerirá toda la destreza y el coraje que Machado y la oposición puedan reunir. Exigirá convencer al presidente de EE. UU. de que a él mismo le conviene más una Venezuela democrática. Exigirá movilizar presión interna e internacional contra la acomodación. Exigirá asumir riesgos personales que desafíen a Rodríguez y pongan en evidencia las contradicciones detrás de sus promesas a Trump. Exigirá compromisos que aseguren la aquiescencia de élites clave para la democratización. Y, por encima de todo, exigirá mantener la fe con la gran mayoría de los venezolanos, que quieren un futuro distinto — y que por fin tienen razones para pensar que ese futuro está a su alcance.

José Ramón Morales-Arilla es profesor-investigador en la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. Obtuvo su doctorado (PhD) en políticas públicas en la Universidad de Harvard.

 

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Image credit: Alex WROBLEWSKI / AFP via Getty Images

 

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